Sí, me lo pregunto, y me cuesta reconocerlo en “voz alta”, pero lo que he vivido las últimas 24 horas me han dejado alucionada, me ha abierto los ojos y casi hace que me muera de vergüenza.
El apagón es sólo una parte de lo sucedido, casi anecdótico, si no fuera porque ha sido una de las piezas de este desbarajuste de día en el que decir ’soy de Barcelona’ era un acto de valor.
El fallo eléctrico (no voy a entrar a cuestionar las causas _poco claras_, ni la falta de indemnizaciones que seguirán, ni el papel de las instituciones, ni porque si pagamos un 25% de impuestos de luz nos devuelven sólo un 15%,…) ha provocado que no tenga donde sentarme a trabajar en condiciones mínimas. Nuestro despacho es uno de esos ‘puntos negros’ que no recuperará la luz en unos días por lo que hemos trabajado desde el despacho 2 (el Club Marítim), donde sólo hay un enchufe para todos los ordenadores, wifi intermitente y mi ordenador que no sabe ni que es eso.
En estas condiciones Carlos y Pablo han llegado desde Madrid a visitarnos (bueno, ellos dicen que a trabajar…) y lo primerito que se han encontrado es que un taxista ha confundido el Reial Club Marítim de Barcelona (dándole la dirección: Moll de la Fusta) con el Club Natació Barceloneta!!!! :O
Tras darse cuenta del error han conseguido llegar para encontrarnos, bueno, encontrarme, en plena crisis porque no podía enviar un e-mail urgente y me quedaba sin batería.
Por si no fuera suficiente nos han invitado a comer (y reconozco que se han portado como caballeros porque era un acto de valor atreverse a pasar más tiempo con nosotras en esas condiciones).
Al llegar al hermoso restaurante del Puerto Olímpico con ‘vistas al mar’ nos han traído una tapa de cortesia… bueno para tapar no servía demasiado y la cortesía se la habían dejado en la cocina, ¡4 rodajas de salchichón! y no es una exageración eran 4, y una de ellas la mitad que el resto…
Para comer hemos pedido una paella con bogavante, y estaba bastante buena la verdad, pero al llegar a las pinzas… ‘¿pinzas? aquí no hay pinzas caballero, aquí no somos tan finos… mire le muestro como partirlo… lo coge, lo coloca entre dos servilletas, y lo golpea contra la mesa, ¿lo ve? ya puede comerlo…’
Sin comentarios. Era o reir o taparse la cara con las manos diciendo ¡que vergüenza, que vergüenza! Eso es lo que he hecho yo, porque no podía creerme que en mi ciudad las cosas fueran así de tercermundistas.
Para acabar con este ‘maravilloso’ ágape sólo añadir que nos han obsequiado con un chupito de orujo… ¡embotellado en una botella de Cardhu 12 años! con etiqueta y todo, no os vayáis a pensar, que no se están de nada…
Ah! y mi silla estaba rota, pero muy rota…
Vamos algo que ni los Monty Python hubieran podido hacer mejor.