Se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas
Se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas. LA CASITA dicho así, en mayúsculas porque su presencia en mi vida, como en la del resto de la familia, ha sido grande.
De pequeña dormía en la parte de arriba de la litera sabiendo que mi hermano estaba abajo y mis padres desde la cama de al lado se turnaban para explicarnos mamá un cuento, pápá una historia de la mili. Reíamos hasta que nos saltaban las lágrimas y no queríamos que pararán.
En la otra habitación mis primas y mis tios dormían con la misma distribución y mis abuelos seguro que pensaban: ‘¿no van a dormirse nunca?’
Jugabamos a las casitas, con una silla pequeña y un cubo puesto del revés que hacia las veces de cocina y mesa. Mi padre contruía una estructura con escobas y plásticos en la esquina de la terraza para que no tuviera frio y pudiera decorarla con dibujos.
Mi hermano lleva una cicatriz en la espalda de una vez que nos retamos a ‘escalar una montaña’ (no hay más de tres metros). He celebrado la mitad de mis cumpleaños rodeada de amigos en esa terraza, y alguna vez por la lluvia dentro. La primera gran borrachera de un buen amigo también fue allí. Hemos hecho gimkanas. Allí hemos celebrado que mi prima Eva ya era enfermera. Allí veo a mi iaia cuando la echo de menos desde que se fue a ese lugar del que no se vuelve. La mejor fiesta en la que he estado nunca fue la post-boda de mi prima Marta: ‘las puntas las puntas’, los payasos… Allí me montaron la fiesta sorpresa de mi 30 cumpleaños.
Pero ya se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas.
En su día acogí a un gato negro, he despertado con el ruido de los pájaros intentando averiguar desde que lado de la casa piaban y he dado de comer a jabalís, el primero se llamaba Tobías. Jose con el traje anti-mosquitos que le mantenia totalmente cubierto en pleno agosto. San Juan con cohetes rellenos de juguetes que se perdían en el huerto antes y todos vestidos de blanco ahora. Tuve un pajarito que está enterrado allí. Y jamás he comido unas judías tan buenas como las que cogía yo misma metiéndome entre las matas con miedo de encontrarme con un bicho.
He desbrozado, plantado, regado, llorado, nadado en la piscina, cortado leña, cocinado, jugado, saltado, hecho el amor, reído…
Pero ya se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas.
Era la ‘crónica de una muerte anunciada’ desde hace unos pocos meses, pero duele. Incursiones de ocupas cada vez más seguidas que nos habían obligado a buscar a alguien que quisiera alquilarla. A que mi padre tuviera que subir a diario para vigilar la casa. Y hoy la llamada: hay ocupas. Sube mi padre. Llegan los mossos y dicen que no entran. Llegan los chicos que querían alquilarla a partir de mañana. Se van. Mi padre se va a poner la denuncia. Llaman de nuevo. Los chicos que querían alquilarla han vuelto, son más y echan a los ocupas. Mi padre les dice que se queden a dormir desde hoy. Ya hablaremos de precios. Lo importante es que la casa siga en pie.
Pero ya se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas.
La casa ya no es ‘nuestra’. Ahora otros jugarán y se reirán y la disfrutarán. La vivirán.
La compraron el mismo año que nací y me ha acompañado toda mi vida. En lo bueno y en lo malo.
Pero ya se acabó jugar a las casitas y coger cerezas a escondidas.