No son las apariencias lo que engañan, son nuestros tabús personales

No son las apariencias lo que engañan, son nuestros tabús personales. Se que esto va contra la verdad absoluta del sabio refranero español, pero si nos paramos a pensar es la verdad en muchos casos.
A ver, me explico mejor. Transportaos (que teletransportarse todavía no se puede) a una cena con amigos donde hay alguien con quien hay «química«. Uno se ha preparado escogiendo la ropa con la que está más cómodo y con la que mejor se ve (en mi caso seguramente tejanos y camiseta blanca, los tacones son opcionales, pero las braguitas seguro que son de mis favoritas). Esperas a ver donde se sienta y tu intentas ponerte cerca, porque las miradas de punta a punta son demasiado evidentes, pero tampoco muy cerca para que no note que no sabes que decir.
Todo marcha estupendamente, notas como las miradas se hablan, como los comentarios empiezan a tener segundas intenciones (algunas veces se te va la mano y se hace demasiado evidente pero disimulas pidiendo la hora a otra persona).
Ya tomando una copa en un sitio con ruido el contacto personal te hace estremecer y ni siquiera entiendes la mitad de lo que te cuentan…
Y entonces ves claramente el momento, sabes que es perfecto por un gesto, por una mirada sotenida, por un comentario… y ¿qué haces? Pues escabullirte para ir al baño o para buscar a alguien.
La apariencia era que querías llegar «más allá» (y no hablo de morirte, claro), pero tus tabús y miedos personales no te dejan avanzar.
También puede ser que otro malinterprete tu forma de ser. Que seas amable y simpático pero que no te interese para nada esa persona (creedme chicos, hay muuuchas formas de diferenciarlo) y que debido a la próximidad crean que quieran algo cuando no es así… pero eso es otro caso del que ya hablaremos otro día, o no.
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