Tímida como es
Tímida como es, ponerse el disfraz y salir a la calle vestida de rojo y blanco, con un gorro que le venía enorme y tenía que aguantarse con pinzas de pelo, era mucho más que un reto.
Si no fuera por el dinero y porque, aunque no quería reconocerlo, algo le decía que existía otra persona dentro de sí que no conocía y que pugnaba por salir pero no se atrevía, jamás se hubiera encontrado en esa situación.
Antes de cruzar la puerta y empezar a tocar la campana se dijo a sí misma que o lo hacía bien o mejor no hacerlo. Pero lo que realmente hizo que se decidiera fue que ya se había comprometido y no podía dejar colgados a los comerciantes de la calle de su bar.
Respiró hondo, abrió la puerta y la cerró a sus espaldas con un gesto cargado de un simbolismo del que no se daría cuenta hasta mucho tiempo después. Ya no había marcha atrás. Sólo podía tirar hacia delante y enfrentarse a lo que se encontrara.
Los principios siempre son difíciles y este no fue una excepción. Acobardada y avergonzada se quedó quieta en una esquina esperando que la gente se acercara y pidiendo que no lo hiciera nadie. Allí parada recordó una frase que había leido en algún sitio: ‘si te quedas quieto la vida pasará por delante de ti’ y se dedicó a mirar a quien pasaba. Caras largas, serias, como si hablaran consigo mismo diciéndose cosas trascendentales que no tenían sentido, pasos rápidos mientras miraban al suelo, sin saludar a quien cruzaban, sin mirar los escaparates decorados cuidadósamente para las Navidades. ‘¿Y por qué están todos tan serios?’ pensó. Y sintió pena.
Pena porqué la gente no parecía feliz, como le pasaba a ella. Porqué parecía que se sintieran solos pesen a estar rodeados de gente. Porqué todos pensaban sólo en ellos mismos. Porqué no eran capaces de caminar, sólo de correr o de encerrarse.
Y siguiendo con ese valor que no sabía de donde había salido se decidió a hacer algo para cambiarlo.
Su campana empezó a sonar cada vez que alguien se acercaba. Les seguía hasta que se giraban y les decía ‘¿A dónde vas con tanta prisa?’, ‘¿Quieres que tu día sea más alegre?’ ‘Si me das una sonrisa te doy un caramelo’. Se sorprendió del resultado. Muchos paraban y sonreían, algunos le pedían un beso en lugar de un caramelo, otros decían ‘pues la verdad, no se porque corro’. Al cabo de 3 días los niños ya le resultaban familiares y algunos adultos también. ‘Sabes, he cambiado la ruta para verte y que me pidieras una sonrisa, hoy te traigo yo una’
Vió a una mujer caminar cabizbaja por la calle, con una bolsa blanca en la mano, vestida de gris, con media melena, con cara de estar peleada con el mundo y la vida. Con su recién estrenado ‘Espíritu Hippie’ se dirigió a ella.
‘¡Sonría! Es Navidad por lo que no queda mal que lo haga y además es gratis. ¿Si le doy un caramelo me dedica una sonrisa para mi colección?”. La mujer la miró a los ojos sorprendida, sonrió y empezó a llorar.
‘Lo siento, no quería…’ empezó a decirle, pero esa mujer gris le cogió la mano y le dijo ‘Cariño, este último año se han muerto mi marido y mi hijo. Tu has conseguido arrancarme la primera sonrisa desde entonces. Lloro porque estoy contenta, porque me has alegrado el día y las Navidades, porque tienes razón. La gente no conoce el valor de una sonrisa. Sigue regalando la tuya.’ Le dió un abrazó y se marchó riendo y llorando a la vez.
Fue tal el impacto de ese comentario que tuvo que meterse dentro de una de las tiendas a llorar.
Y fue tal el impacto de esa situación que decidió que se dedicaría a eso, a hacer que, aunque fuera por un momento, la gente con la que se encontrará se sintiera bien.
Ese año abandonó las ciencias puras (quería estudiar astronomía) por ciencias mixtas y estudió comunicación.