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blog de laura cano & amigos

La cara sonriente del otro lado del mostrador se me antoja como una diana de tiro al blanco

Marzo24

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La cara sonriente del otro lado del mostrador se me antoja como una diana de tiro al blanco. Le devuelvo la sonrisa, sincera y abierta, mientras pienso que estoy harto, muy cansado de estos formalismos estúpidos. ¿Si no tengo ganas de sonreir, qué? ¿Me va a pegar? ¿Va a pasar un mal día? ¡Vamos! Si de lo que tengo ganas es de arrearle un puñetazo en toda la cara…

Se levanta del taburete y se aleja hacia el fondo del pasillo moviendo su culo con un balanceo extraño: arriba, abajo, izquierda, derecha, parece bailar a ritmo de bachata independientemente del resto del cuerpo. “Debería estar -arriba- prohibida -abajo- por como mira -izquierda- por su movimiento cuando camina -derecha-…” Quedo tan absorto en ese movimiento que no me entero de cuando vuelve a sentarse frente a mi apoyando sus tetas sobre el mostrador.

- No hay ningún problema, pero tendrá que esperar cinco minutos, _traducido al idioma cliente significa que al menos serán 15_ si quiere sentarse.

Y allí sentado se me ocurren miles de situaciones violentas y morbosas perfectas para descargar la adrenalina que llevo acumulada. Un pequeño incendio en el despacho del fondo del pasillo y bloquear la puerta delantera… Quiero saber quién reacciona cómo, la gente cambia tanto cuando se enfrenta a situaciones de pánico… no quiero abrasarles, pero están demasiado crudos. O quizás pasar mesa por mesa y agradecerles personalmente la paciencia que tienen con los clientes metiéndoles uno a cada uno de esos maravillosos y didácticos catálogos que tienen colgaditos por todas partes en la boca; sería un buen desayuno. O acercarme a cada mesa y meter mano a todos, sea hombre o mujer, lo suficiente para que se pongan cachondos y acaben liandose entre ellos cuando yo salga. Soy uno de esos personajes vestidos de negro, esbeltos, seguros de si mismos que recorren las pantallas de los cines y televisiones de todo el mundo occidental, propagando el mal a su paso, sin inmutarse de los desastres que se suceden a medida que avanza en la escena, mientras su abrigo negro, largo hasta los pies se mueve al viento…

Su “ya está, cuando quiera” me saca de mi ensoñación y vuelvo a ser lo que todos creen que soy, un individuo más que sonríe tontamente a la cajera del banco. Se equivocan y no saben cuanto. (pero quizás algún día lo descubran).

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